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Crónicas de Marianela

Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra época. Y ello nos va aproporcionar
a todos bastantes disgustos.
LA VIUDA DE ESQUILÓN VA A MAR DEL PLATA
Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externano ofrece
interés, basta para entretenerme. Sin embargo, sentíme ayertarde acometida por
invencible melancolía. «¿Qué hacer?»—me dije—. Ypara combatir la murria,
ocurrióseme ir a visitar a mi amiga Margarita,la viuda de Esquilón, en quien la
sensibilidad y estado de ánimoconstituyen siempre un divertido espectáculo. Pedí el
automóvil y partí,rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su
magníficopalacete.
Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con esedesorden precursor
de una mudanza. Los armarios de par en par, y portodas partes baúles abiertos,
grandes y pequeñas cajas, enseres de todolinaje. La servidumbre iba y venía de un
lado a otro, trasladando ropas,sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una
habitación interna,apareció Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada,
jadeante,encendida. Me tendió sus torneados y blancos brazos.
—¡Marianela!!!...
—¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te mudas?
—Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoytrabajando
como una negra, preparándolo todo, y nunca se acaba. Lasmodistas se han demorado,
y, por fin—¡ay, gracias a Dios!—hoy hantraído lo que faltaba.
—¡Pues no llevas poco equipaje!
—Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter todo en menosespacio. Vienes
admirablemente, Marianela, con una oportunidad que...¡ni que te hubiera llamado,
hijita! Porque quiero consultarte, sobrealgunos vestidos... y también quiero que veas
los sombreros...; a verqué te parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que
vertambién cuatro trajes de baño distintos... son preciosos... es decir,veremos lo que te
parecen.
Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las «ideas»no dieran
lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenación yconcierto de la palabra.
—Me voy a poner el corsé—dice—para probarme los trajes: yo me lospruebo y tú
apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme? ¡Dí que sí!
—Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices todo.
—Bueno... voy a ponerme el corsé.
 
 
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