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Crónicas de Marianela

no había dedefender pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está llenode
doctores, y ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicóa leer novelas
francesas; las conoce todas. Y así ha completado sueducación, que no deja nada que
desear. Yo había pensado, si se casaracon esa niña, regalarles «Los Chajales», un
campo de veinte leguas, conquince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no
gastarían nada, porqueyo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida
Quintana,pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto hehablado con
Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía,Marianela, y, claro,
aunque quiero profundamente a todos mis nietos,siento cierta preferencia por Carlitos,
porque es el que ha de perpetuarun gran apellido; es un Nuezvana, y con esto está
dicho todo: Por otraparte—ya se lo he dicho a Clotilde,—una vez casados los
muchachos,todas nuestras cuentas quedarían arregladas; todo se quedaría en
casa,unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija secasará
con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto amí y porque, realmente,
le parece bien la boda. Pero... no sé... meparece que la muchacha no está decidida. Y
yo quiero salir de una vezdel paso. Por eso he venido a verla a usted.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija.
—Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y digausted, misia
Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que noquieras, obligara a su hija a
casarse, ¿usted aceptaría para su nieto unmatrimonio así formado?
—Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana,quede
desairado y en ridículo.
—¿De manera que usted cree que es más ridículo que Inés no acepte a sunieto,
suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que casarse con élno queriéndole?
—Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante todo Buenos Aires.
—¿Y qué culpa tiene Inés en ello?
—Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verlaa usted, por
consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad dela muchacha. ¿Quiere usted
hacerme este favor? ¿Le parece a usted minieto digno de ella?
—Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a ustedhablar a
Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «LosChajales», que es
seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, queaun es mucho más seductor que
«Los Chajales». Respecto a influir en suespíritu, ya no respondo; eso es muy delicado,
pues si no fuera todo lofeliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida.
 
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