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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

entorchados de lacasaca y el sombrero de tres picos galoneado
de oro, con pluma blanca deavestruz. Cerraban el cortejo otros
negros y mulatos en el traje negrotalar y caperuza blanca, ya
descrito, y más pueblo, todos moviéndose ensolemne y
silenciosa procesión, pues no se oía otro ruido que los
pasosacompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote
recitando lasoraciones de los moribundos.
Por esta rápida descripción advertirá el lector habanero que se
tratabade un reo de muerte que conducían al patíbulo,
acompañándole loshermanos de la Caridad y de la Fe,
institución religiosa compuestaexclusivamente de gente de color
que se ocupaba en asistir a losenfermos y moribundos y en
enterrar a los muertos, principalmente loscadáveres de los
ajusticiados. Es bien sabido que la justicia españolalleva su saña
hasta las puertas del sepulcro, y he ahí la necesidad dela
institución religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadáver
delcriminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y
amigos,privados de esos oficios por la ley o la costumbre.
La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La
Habana almenos, era un piquete de la célebre partida de
Armona, especie deguardia civil, establecida por Vives, que
desempeñaba el papel de lapolicía de otras partes: el militar de
alta graduación, el mayor deplaza, a la sazón coronel Molina,
después castellano del Morro, en cuyoempleo murió cargado
con el odio de aquéllos a quienes había oprimido yexplotado
mientras desempeñó el primero de estos cargos: el individuoque
conducían al suplicio de la manera referida no era hombre,
sinomujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban
en LaHabana.
CAPÍTULO IX
 
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