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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

Podía ser entonces la una de la madrugada. El viento no había
abatido nicesado la llovizna que, de cuando en cuando,
arrojaban las voladorasnubes sobre la ciudad dormida y en
tinieblas. Conforme reza la expresiónvulgar, la oscuridad era
como boca de lobo. No por eso, sin embargo,perdió el joven
músico la pista del carruaje que conducía a su hermana ya su
amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de
lascalles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando
y luegoal trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta.
Puso la manoen la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la
carrera quellevaba y quedó montado a la mujeriega. Al punto le
sintió el caleseroe hizo alto.—Apéate, le dijo Nemesia por el
postigo.—No hay para qué,dijo Cecilia.—Yo les voy guardando
las espaldas, dijo Pimienta.—ApéeseVd., dijo en aquella sazón
Aponte, que ya había echado pie atierra.—¿No te lo decía?
añadió Nemesia, hablando con su hermano.—Aquídentro va mi
hermana y mi amiga, observó el músico dirigiéndose
alcalesero.—Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se
monteatrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; agregó
notando que se lashabía con un mulato como él.—Apéate,
repitió Nemesia con insistencia.
Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de
una lucha sorday terrible consigo mismo, en que triunfó la
prudencia; pero cediendo ytodo en aquella coyuntura, no
renunció a la resolución tomada de seguirel carruaje. Volvió a
montar el calesero y continuó la carrera derechohasta
desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda
haciala de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un
hombre de pie,guarecido del viento y de la menuda llovizna, con
las elevadas tapiasdel patio perteneciente al monasterio de las
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