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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

—Todavía no se ha perdido todo, José Dolores, dijo Nemesia
pensativa.Mientras la vida dura, hay esperanza.
—¿Qué esperanza, hermana? O él o yo. Los dos juntos no
cabemos. ¿Meresignaría yo a servir de tapa tampoco? Creo que
no, Nene.
—Bobería, José Dolores: del lobo aunque sea un pelo. ¿Quién
puede decircon verdad que es el primero en el corazón de una
mujer? Naiden. Tenpor sabido que ella no es firme ni de ley.
Dice una cosa ahora y luegootra. Se dobla como la hoja del
caimito: cátala colorada, cátala blanca.Si tú la hubieras oído
cuando él se fue para el monte atrás de lamuchacha blanca...,
sabrías quién es ella.—¡No lo quedré más en mivida! No
volverá a verme la cara. Aunque me se arrodille, aunque mebese
los pies, no le perdonaré la que me ha hecho. De mí no se burla
niel sol de los hombres. Apuradamente, con él no se acabaron
para mi. Haymuchos, me se sobran. ¿Cuántos, cuántos tan
buenos mozos como él no sedarían santos con una piedra en el
pecho con tal que yo los quisiera? Noseré de las que se quedan
para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro queel primero que me
diga jí, le digo já. Y veremos quién pierde más, si élo yo.
CAPÍTULO V
El que excusa la vara, quiere mala su hijo; y el que lo ama, conmuchas varas
lo corrige.
Proverbios, XIV, v. 24
Llegado había inopinadamente el momento de poner en planta
el planideado por don Cándido antes de su marcha al campo.
La muerte de seña Josefa había arrojado a Cecilia en brazos
deLeonardo, el cual, sabía su padre, no era tan simple ni tan
 
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