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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

echó por delante, ysaludando a la militar con el arma al aire, dijo
a los delduelo:—Señores, espero me dispensen el mal rato.
Tenía orden de SuExcelencia el Capitán General, de coger a este
pícaro, vivo o muerto, yla he cumplido. Que siga el entierro.
Salud, señores.
La primera parada de la fúnebre procesión se hizo a la reja
grande quemira al azulado mar Atlántico de la casa de la
Beneficencia, a fin deque los niños hospicianos de ambos sexos
cantasen un responso por elalma del difunto, mediante el pago
de una moneda de oro, en calidad delimosna.
La segunda parada se efectuó delante de la reja del cementerio,
debajodel gracioso arco de entrada, para que el capellán hiciese
la aspersióndel ataúd con agua bendita, antes de consignarle al
sepulcro. Cuando seejecutaba este acto final y siempre triste, los
acompañantes, en actitudreverente, permanecieron de pie y
descubiertos, formando grupo en tornode la huesa.
José Dolores Pimienta, Uribe y algunos otros arrojaron un
puñado detierra sobre el ataúd de la que fue en vida Josefa
Alarcón y Alconado,no menos distinguida por su belleza que
por sus desgracias, su ardienteamor de madre y prácticas
religiosas de sus últimos años; y el primero,que hacía de cabeza
del duelo, al darles las gracias a sus amigos ydespedirlos, no
pudo evitar que se le humedecieran los ojos, acasoporque se le
vino a la mente en aquel instante el cuadro de suidolatrada
Cecilia, transida del dolor y desmayada en brazos deNemesia.
CAPÍTULO III
¿Qué
es
la
vida?
Por
perdida
Ya
la
di,
Cuando
el
yugo
 
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