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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

—¡Mamá! repuso Adela, ella nos ha contado su historia y la
creemosinocente de todo cuanto la acusan. Oyéndola hemos
llorado como unasniñas.
—Inocente, tú, dijo doña Rosa con sarcasmo, que has creído
en suscuentos y lágrimas de cocodrilo. No ha nacido negra más
hipócrita ymaligna que ésta. Me ha causado más disgustos que
pasas tiene en lacabeza. Nunca me ha dicho palabra de verdad;
ha tratado siempre deengañarme y me ha desobedecido muchas
veces. Sí, aquí está donde merece.En ninguna otra parte podrían
aguantarla, y me da lástima cuando teempeñas por semejante
negra. Lo peor es, niña, que ella no te quiere,porque es incapaz
de querer a nadie.
—Pero yo la quiero, mamá. Ella me crió y siempre me llora y
me pide quele sirva de madrina contigo. No tengo ya fuerzas
para resistir suslágrimas y sus ruegos.
—Está bien, Adela, replicó doña Rosa después de breve rato
dereflexión. Por ti y por Isabelita (que no podía reprimir el
llanto)perdono a María de Regla. Que vuelva a La Habana, pero
no a servirme, nia vivir en casa, sino para que se alquile por su
cuenta. Yo le darépapel. Con eso, el jornal que gane será para
que tú y Carmen tengantodos los meses algún dinerito con que
comprar alfileres.
CUARTA PARTE
CAPÍTULO I
 
 
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