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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

—¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.
—¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.
—¿El aquel mío o tuyo?
—El de los dos, señor, para que no haya disgusto.
Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la
cintura conel brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la
hizo reír mucho;aunque, apartándole con ambas manos, repuso:
—Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer.
Ya yoya... Cátela Vd.
Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos
muchachasque en aquel mismo punto se apearon de un lujoso
carruaje a la puerta dela casa, hecho anunciado por el
movimiento general de cabezas de dentroy fuera de ella, no cabe
duda que tenía sobrada razón. No la había máshermosa ni más
capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Erala
más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al
descenderdel carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile,
de brazo con unmulato que salió a recibirla al estribo, y la que,
así por laregularidad de sus facciones y simetría de sus formas,
por lo estrechodel talle, en contraste con la anchura de los
hombros desnudos, por laexpresión amorosa de su cabeza, como
por el color ligeramente bronceado,bien podía pasar por la
Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica.Vestía traje de punto
ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortascon
ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda
decinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda
largos hastael codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y
una pluma blancade marabú con flores naturales, las que, con el
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