susdetalles esta última circunstancia, refiriendo brevemente la
escena consu madre, descrita al final del Capítulo IX, Segunda
parte.
Enseguida, la antigua nodriza continuó diciendo:
—Verá ahora la niña la causa verdadera del rigor con que he
sidotratada. Un día... no me acuerdo bien, sólo sé que hace
mucho tiempo,después de la tormenta grande de Santa Teresa, o
el año en que ahorcarona Aponte,[53] me llamó el amo al comedor. Estaba solo, y me dijo:
—María de Regla, como has perdido al chico y tienes buena y
abundanteleche, he pensado que debe aprovecharse. En tal
virtud, te he alquiladopor medio del señor doctor don Tomás
Montes de Oca, con un amigo suyopara dar de mamar a una
niña de algunos días de nacida. ¡Ea! con queestar lista para
después de almuerzo.
«Después de almorzar, el amo salió y se metió en la calesa. Yo
seguídetrás de él para ir a pie. Pero me hizo subir y me sentó a
su lado. Mequedé sorprendida. ¡Sentarme el amo en los cojines
de la calesa, cuandolos negros sólo se sientan en el pesebrón!
Luego ordenó a Pío quearreara para allá fuera. ¿Qué será? ¿qué
será? pensaba yo. Salimos porla puerta de Tierra, cogimos la
calzada de San Luis Gonzaga tododerecho, y no paramos hasta
