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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

honor, apretaban losarcos, el flautín o requinto perforaba los
oídos con los sones agudos desu instrumento, el timbalero
repiqueteaba que era un primor, elcontrabajo, manejado por el
después célebre Brindis,[7] se hacía unarco con su cuerpo y
sacaba los bajos más profundos imaginables, y elclarinete
ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones.
Aquelloshombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza
cubana, creaciónsuya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía
un ápice de su graciapicante ni de su carácter profundamente
malicioso-sentimental.
CAPÍTULO V
—¿Habéis
visto
en
vuestra
vida
Mujer
más
airosa?
—No.
Ni
al
Parque
jamás
salió
Más aseada y bien prendida
CALDERÓN
Mañanas de Abril y Mayo
Después de dar una vuelta por la sala, el comisario
Cantalapiedra seentró de rondón en el aposento, y en son de
broma le tapó por detrás losojos al ama de la casa, en los
momentos en que ella se inclinaba sobrela cama para depositar
la manta de una de sus amigas que acababa deentrar de la calle.
La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era unamulata bastante
vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y picocumplidos,
regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todopor
detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un
movimientonatural acudió con entrambas manos a tentar las del
que la impedía ver,y sin más dilación dijo:—Este no puede ser
otro que Cantalapiedra.
 
 
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