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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

de Indias con puño de oro y borlas de sedanegra. Le
acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo,
unhombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la
frente, porsus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus
enormes patillasnegras, que le daban el aire antes de bandolero
que de alguacil; empleoque desempeñaba entonces, pues el otro
a quien seguía era nada menos queCantalapiedra, comisario del
barrio del Ángel, el cual abandonaba porandarse tras la
tentadora cuna.
Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y
bulliciosascontradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para
valernos de la frasevulgar, no se había rompido. Acomodaba
afanosa el ama de la casa a susamigas particulares y de más
edad en los sillones del aposento, para quea salvo de las pisadas
y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismotiempo que no
perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de sucariño, que
como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete,
semantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su
instrumentofavorito, casi de frente para la calle, cual si no
hubiese entrado aúnla persona digna de su música, o quisiera ser
el primero en verlaentrar. Parecía, sin embargo, inútil este
cuidado, por cuanto no entrabahombre ni mujer que no tuviera
algo que decirle al paso. A todos estossaludos contestaba él
invariablemente con un movimiento de cabeza, si seexceptúa
que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien consu
acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le
habló ensecreto, contestó quitándose el instrumento de la
boca:—Así parece, micapitán.
Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable
por algunacircunstancia, los violines, sin duda para hacerle
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