9. Limpio soy yo, y sin delito...
ha guardado todas mis sendas.
Mientras en un extremo del pórtico ocurría la escena trazada
ya, teníalugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban allí
grupo animado einteresante las señoritas Ilincheta, junto con las
dos más jóvenes deGamboa, rodeadas por el medio círculo de
los caballeros que lasgalanteaban o admiraban. Todos en pie.
Las señoras apoyadas de espaldasen la barandilla, y los
caballeros pendientes de los labios de RosaIlincheta que, en
pocas palabras, llenas de gracia y gráfica expresión,describía los
pequeños incidentes del viaje, su mal manejo parte delcamino, y
sus propias impresiones.
Leonardo se sonreía, Cocco aplaudía, Mateu el médico hacía
piruetas degusto, y Meneses se mantenía serio de celos, porque
crecían con esto losadmiradores de su linda amante. Adela e
Isabel, dadas las manos,escuchaban y callaban. De pronto
alguien le tiró de la falda a Adela porel lado de fuera del pórtico.
Volvió ella el rostro con viveza y vio auna negra de buen
aspecto, en traje muy diferente del que usaban lasdemás
esclavas de la finca.
—¿Qué quieres?—preguntó Adela bastante asustada.
