Not a member?     Existing members login below:

Cecilia Valdes o la Loma del Angel

lucía la frente demasiado ancha, la nariz grande y roma, la
barbaaguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa
expresión a susemblante, no muy fácil de pasar por alto al
menos avisado observador.Aún había morbidez en sus brazos, y
sus manos podían calificarse delindas. Pero lo más notable de su
fisonomía eran sus ojos grandes,oscuros y penetrantes, restos de
una facciones que habían sidoagradables, desarmonizadas ahora
por una vejez prematura.
Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los años y las
arrugas sele había vuelto atezado, o achinado; para valernos de
la expresiónvulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato
y negra, o alcontrario. Podía tener 60 años de edad, aunque
aparentaba más, porque yaempezaba a blanquearle el cabello,
cosa que en las gentes de color suelesuceder más tarde que en
las de raza caucásica. Los padecimientos delánimo aniquilan
primero el semblante que el cuerpo mortal del hombre.Como
veremos después, la resignación cristiana, obra de su fe en
Dios,pasto con que al fin alimentaba su espíritu en las largas
horasconsagradas al rezo y a la meditación, sólo la hubiera
mantenido en piecontra los embates de su miserable suerte. Por
otra parte, con el tristeconvencimiento del que de una ojeada
midió su pasado y su porvenir, y loque debía y podía esperar de
su nieta, hermosa flor arrojada en mitad dela plaza pública, para
ser hollada del primer transeúnte, ya en elúltimo tercio de su
vida, con los remordimientos de la pasada, antes deairarse,
comprendió que le tocaba aplacar la cólera de su juez invisibley
procurarse momentos de calma, ínterin sonaba la hora
postrimera.
En aquélla en que la sorprende nuestra narración, aunque
hubiesecumplido los 80 de su vida, habría creído que había
Remove