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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

ninguna delas tres estaba ya en aptitud ni situación de apreciar
sus favores ni dereconocer sus costosos sacrificios.
Pasado el tiempo de la efervescencia, el más propicio para las
locurasde la mocedad, empezó a turbarle no poco el ánimo el
recuerdo de susdebilidades. De esa fecha datan sus luchas
tremendas para llenar susobligaciones de amante y padre
adúltero, sin descuidar las sagradas deesposo y honrado padre de
familia. Pero los celos de doña Rosa,excitados a lo sumo por el
orgullo de raza y de señora casada, por susideas sobre la virtud
de la mujer y los deberes de la madre de familia,la ocupaban de
manera y ofuscaban hasta tal punto su razón, que no lapermitían
notar que su marido estaba plenamente arrepentido de
susanteriores faltas, y que para enmendarlas ponía todos los
medios queestaban a su alcance. Mientras dicha señora,
justamente ofendida, leechaba en cara sus extravíos de mozo, no
veía que laceraba una a unatoda las fibras de su corazón; no veía
que ya no existían ni podíanexistir después los motivos de celos
que tanto la habían desazonado; noveía, en fin, que deplorando
el pasado desde el fondo de su alma, donCándido de algún
tiempo a esta parte sólo trataba de evitar un granescándalo, una
catástrofe en no lejano porvenir.
CAPÍTULO XV
Perdí
el
desamor
Con
las
libertades;
Quísele
bien
luego,
Bien
le
quise,
madre.
Empecé
a
quererle,
Empezó
a
olvidarme:
Rabia
le
dé,
madre.
Rabia que le mate.
 
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