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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

medio de tanta antigualla, que no parecía sino que el cielo la
habíacolocado allí para decirle a cada rato al oído:—Hija,
contempla lo queserás y sé más cuerda.
Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella
pensaba, yentonces con doble motivo, cuanto que más le
importaba que no lasintiese entrar cierta persona que, de
espaldas en la butaca, frente alnicho, parecía rezar o dormitar.
Sin embargo, por más tiento que pusiesela picaruela en el modo
de asentar la planta, no lo pudo hacer tancallandito que no la
oyese y sintiese distintamente la vieja, cuyosoídos eran muy
finos, y que entonces no rezaba ni dormía, sino que leía,hecha
un arco, en un libro pequeño de oraciones con forro de
pergamino.
—¡Hola! le dijo mirándola de soslayo por encima de los
arosperfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la
punta de lanariz, a guisa de muchacho a la grupa de un caballo,
¡Hola señorita!¿Aquí está Vd? ¿Eh? ¡Qué bueno! ¿Son éstas
horas de venir a pedir labendición de su abuela? (Porque la
chica se acercaba con los brazoscruzados.) ¿Dónde has estado
hasta ahora, buena pieza? (Habían tocado yalas oraciones.) ¡Qué
linda estabas para ir por los óleos! Y echándolemano de pronto,
en cuyo acto se le cayó el libro y se espantaron el gatoque
pestañeaba a menudo sentado en una silla, las palomas y
lasgallinas. Ven acá, espiritada, añadió; mariposa sin alas, oveja
singrey, loca de cepo; ven, que he de averiguar dónde has estado
hastaestas horas. ¿Qué, tú no tienes rey ni Roque que te
gobierne, ni Papaque te excomulgue? ¿Adónde se ha visto de
eso? ¿Tú no tienes más vidaque correr por las calles? ¿No se
puede averiguar nadie contigo? Yo teharé entender que hay
quien puede. ¡No me quedaba que ver!
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