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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

temiese que tuviera un resultadodesagradable. Al cabo Cecilia
se desplomó en la silla, exhaló un suspiroprofundo y murmuró:
—Más vale que no; yo sé lo que he de hacer. De mí no se
burla nadie...Casi me alegro... No salgo a ninguna parte.
Chepilla alzó entonces la vista y miró a la nieta con cierta
alegríamezclada de compasión. Por su parte Nemesia, en toda
aparienciasatisfecha, más diremos, orgullosa de que su venida
hubiese surtido todoel efecto deseado, se marchó, despidiéndose
cariñosamente de susamigas.
CAPÍTULO V
Aún
pienso
estaros
mirando...
La
faz
terrible
y
airada,
La
vista
desencajada,
El látigo vil sonando.
J. PADRÍÑEZ
Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que salía de
ella suquerido hermano José Dolores con el clarinete en la funda
debajo delbrazo y un rollo de papeles de música en la mano.
Según costumbre,caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta
razón y por estar muy oscurala calle, no habiendo tampoco luz
en la casa, por poco se cruzan loshermanos sin reconocerse, a
pesar de la proximidad. Así como así, ellale reconoció primero,
se le atravesó en el camino y le preguntórepitiendo dos versos
de una canción tan popular entonces como llena demalicia:
«—¿A dónde vas con ese gato y la noche tan oscura?»
—¡Qué! dijo José Dolores sorprendido. ¡Ah! ¿Eres tú? Me
cansé deesperarte.
 
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