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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

Tal
es
el
fruto
de
la
culpa,
Tello, cosecha de dolor.
SOLÍS
Hacia el oscurecer de un día de noviembre del año de 1812,
seguía lacalle de Compostela en dirección del norte de la ciudad,
una calesatirada por un par de mulas, en una de las cuales, como
era de costumbre,cabalgaba el calesero negro. El traje de éste,
las guarniciones deaquéllas y los ornamentos de plata maciza,
mostraban a las claras queera rica la persona a que pertenecía
tan lujoso equipaje. Prendidaestaba de los calamones, no sólo
por el frente, sino también por uncostado y hasta la mitad del
otro,—la cortina o capacete de paño conbanda de vaqueta. Sea
el que fuese quien ocupaba el carruaje a la sazón,no puede
negarse que tenía interés en guardar la incógnita, aunqueparecía
excusada la precaución, por cuanto no había alma viviente en
lascalles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, o la
artificialde algunas casas que se escapaba por las anchas
rendijas de las puertascerradas.
Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejón
de SanJuan de Dios y salió a espacio y con no poco trabajo de la
calesa uncaballero alto, bien puesto, vestido de frac negro
abotonado hasta elcuello, dejando ver por debajo el chaleco o
chupa de color claro,pantalones de carranclán de pie, corbatín
de cerda y sombrero decastor con copa enorme y ala angosta.
Por lo que podía distinguirse enaquella media luz de las
estrellas, las facciones más notables delhombre eran la nariz,
que tenía aguileña, los ojos bastante vivos, elrostro ovalado y la
barba pequeña. El color de ésta y el del cabello,las sombras del
sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino,lo
oscurecían tal vez sin ser negro.
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