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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

Hace más de treinta años que no leo novela ninguna, siendo
Walter Scotty Manzoni los únicos modelos que he podido seguir
al trazar los variadoscuadros de Cecilia Valdés. Reconozco que
habría sido mejor para miobra que yo hubiese escrito un idilio,
un romance pastoril, siquiera uncuento por el estilo de Pablo y
Virginia[1] o de Atala yRenato;[2] pero esto, aunque más
entretenido y moral, no hubiera sidoel retrato de ningún
personaje viviente, ni la descripción de lascostumbres y
pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido aespeciales
leyes políticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas
yrodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o
de fingircaracteres y escenas fantasiosas e inverosímiles, he
llevado elrealismo, según entiendo, hasta el punto de presentar
los principalespersonajes de la novela con todos sus pelos y
señales, como vulgarmentese dice, vestidos con el traje que
llevaron en vida, la mayor parte bajosu nombre y apellido
verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaronen las
escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que
cabía,d'après nature,[3] su fisonomía física y moral, a fin de que
aquéllosque los conocieron de vista o por tradición, los
reconozcan sindificultad y digan cuando menos: el parecido es
innegable.
Apenas si he aspirado a otra cosa. Lo único que debo agregar
en descargode mi conciencia, por si alguien juzgare que la
pintura no tiene nada desanta ni de edificante, es que, al situar la
acción de la novela en elteatro habanero y época corrida de 1812
a 1831, no encontré personajesque pudieran representar con
mediana fidelidad el papel, por ejemplo,del payo Lorenzo, o el
del pacato de don Abundio, o el del enérgicopadre Cristóbal, o
el del santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso queabundaban
 
 
 
 
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