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Cecilia Valdes o la Loma del Angel

—La ley de las Doce Tablas,[17] se apresuró a decir Pancho
alzando lavoz y empinándose un tanto, contento de poder
corregirle la plana alestudiante españolado—copiada pedem
litterae en las Partidas, quemandó compilar don Alfonso el
Sabio—no habla de gallos, sino de perro,víbora y mono, y no
porque estos animales conozcan o desconozcan padre omadre,
sino simplemente para entregar el criminal a su furor. El
CódigoAlfonsino considera parricida aún a la mujer que mata a
su marido. Lapráctica hoy día es arrastrar al reo en un serón
atado a la cola de uncaballo hasta el pie del patíbulo. De suerte
que, si no arrastran aPanchita Tapia, acusada de ese horrendo
crimen, la razón es porque no loconsienten nuestras costumbres.
He dicho.
Con esto Pancho se alejó prontamente de aquel grupo, cosa de
no dartiempo a una réplica de parte del estudiante españolado.
Pero éste secontentó con decir, viéndole alejarse:
—Se conoce que el chico ha estudiado la lección.
En aquel mismo punto se abrieron las ponderosas hojas de
cedro de lapuerta del Seminario, más conocido entonces bajo el
nombre de Colegio deSan Carlos. El gran patio lo constituían
cuatro corredores anchos, decolumnas de piedra, formando un
cuadrado. En el centro había una fuente,y por todo el derredor
naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuestoa la entrada
principal, a la izquierda, había una escalera de piedra
queconducía a los claustros de los profesores; a la derecha, una
reja queseparaba el corredor de un callejón oscuro y húmedo,
por el cual sepenetraba en un salón lateral, largo y sucio,
separado de las aguas delpuerto por un jardín o huerto de tapias
elevadas. Hacia allá daban unascuatro ventanillas altas por
donde entraba la única luz que a mediasalumbraba el salón.
 
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