mismo da. Eso me fue suficientepara conocerte, ¡oh, gran Bavaria inflada
ysonora! Había visto tu pecho sin corazón, tusrollizos brazos de cantante
hinchados y sinmúsculos, tu espada de metal repujado, y sentidodentro de tu
hueca cabeza la pesada borracheray el aplanamiento cerebral de un bebedorde
cerveza. ¡Y pensar que, al emprenderesa insensata guerra de 1870, contaron
contigonuestros diplomáticos! ¡Ah, si ellos sehubiesen tomado también la
molestia de subirpor dentro de la Bavaria!
A los diez días de estancia en Munich, no habíarecibido aún ninguna noticia
de mi tragediajaponesa. Comenzaba a desesperar de poseerla,cuando una
noche, en el jardín de lacervecería donde acostumbrábamos comer, villegar a
mi coronel con la cara llena de júbilo.
—¡Ya está en mi poder!—me dijo,—vengamañana por la mañana al museo.
La leeremosjuntos. ¡Ya verá qué bonita es!
Estaba muy animado aquella noche. Sus ojosbrillaban al hablar. Recitaba en
alta voz pasajesde la tragedia e intentaba cantar los coros.Más de una vez
creyose obligada su sobrinaa hacerle callar:—¡Tío, tío!—Yo atribuíaaquella
fiebre, aquella exaltación, a un puroentusiasmo lírico. Efectivamente, eran muy
belloslos fragmentos que me recitaba, y sentíaprisa por posesionarme de mi
obra maestra.
Al día siguiente, al llegar al jardín de lacorte, sorprendiome
extraordinariamente el encontrarcerrada la sala de las colecciones. Laausencia
del museo era tan extraña en el coronel,que corrí a su domicilio con una
vagainquietud. La calle en que habitaba, una calledel arrabal, tranquila y corta,
con jardines ycasitas bajas, me pareció más agitada que deordinario.
La gente charlaba formando corrillos delantede las puertas. La de la casa de
Sieboldt estabacerrada, pero las persianas no.
Todo era entrar y salir las gentes con aspectotriste. Presentíase allí una de
esas catástrofessumamente grandes para caber dentro delhogar, y que se
desbordan hasta el exterior.Cuando llegué, percibí gemidos sollozantes.
Salíandel fondo de un pequeño corredor, de dentrode una gran habitación
atestada y clara comouna sala de estudios. Veíase en ella una largamesa de
madera blanca, libros, manuscritos,anaqueles con colecciones, álbums
encuadernadosen brocato de seda; pendientes de lapared había armas
japonesas, estampas, grandesmapas geográficos, y entre ese desbarajustede
