No era la primera vez que disfrutaba semejantehonor. Acordábase
perfectamente de haberhecho pasar en su juventud el Starnberg aun oficial.
Hacía de esto sesenta años, y porel respeto con que me hablaba el buen
hombre,comprendí la impresión que debió de causarleaquel francés de 1806,
algún gracioso Oswaldodel primer imperio, con su pantalón colán,sus botas
con arrugas en la caña, un gigantescoschapska y atrevimientos de vencedor.Si
el barquero del Starnberg vive todavía,dudo que admire tanto a los franceses.
Los habitantes de Munich pasean sus alegríasdel domingo sobre ese hermoso
lago ydentro de los abiertos parques de las residenciasque lo circundan. La
guerra no había alteradoesta costumbre: El día que yo pasé enél, al borde del
agua, estaban atestados degente los merenderos, gruesas señoras sentadasen
corro ahuecaban sus faldas sobre las praderas.Por entre las ramas que se cruzan
sobreel lago azul, veíanse grupos de Gretchen y deestudiantes, envueltos en
una aureola de humode las pipas. Algo más lejos, en un claro delparque
Maximiliano, una boda de campesinos,lucida y ruidosa, bebía delante de largas
tablascolocadas en banquillos, en tanto que unguarda de monte, con uniforme
verde y escopetaen mano, en la actitud de un hombre quedispara, enseñaba a
manejar ese maravillosofusil de aguja, que con tanto éxito empleabanlos
prusianos. Me era necesario el verlo paraacordarme de que se combatía a tan
corta distanciade nosotros. Y sin embargo, era de creerque había guerra, puesto
que aquella mismanoche, cuando regresaba a Munich, vi en unaplazuela,
abrigada y recogida como una capillade iglesia, cirios que ardían alrededor de
unaMaria-Säule, y mujeres arrodilladas, cuyos prolongadossollozos eran
interrumpidos por lasplegarias.
No obstante lo mucho que desde hace algunosaños se ha escrito acerca de la
patrioteríafrancesa, nuestras necedades patrióticas, nuestrasvanidades y
nuestras fanfarronadas, nocreo que exista en Europa un pueblo más
pretencioso,más vano, más infatuado consigo mismoque el pueblo de Baviera.
Su cortísima historia,diez páginas sueltas de la de Alemania,puede leerse en las
calles de Munich, gigantesca,desproporcionada, toda en pinturas y
enmonumentos, como uno de esos libros que seregalan a los niños como
aguinaldo, con pocotexto y muchas láminas. En París sólo tenemosun arco de
triunfo. En Baviera hay diez,el pórtico de las Victorias, el pórtico de
losMariscales, y no sé cuántos obeliscos erigidosAl valor heroico de los
guerreros bávaros.
