indígena. Lo que me agradabatambién mucho eran los objetos del culto
japonés,sus diminutos dioses de madera pintada,las casullas, los vasos sagrados
y esas capillasportátiles, verdaderos teatros de muñecas, queconservan los
fieles en un rincón de su casa.Los pequeños ídolos rojos están alineados enel
fondo, hacia adelante pende una cuerdecitacon nudos. Al ir a comenzar el
japonés su oración,se inclina y toca con este cordón un timbreque brilla junto al
altar, excitando de estemodo la atención de sus dioses. Tenía yo unplacer
infantil en hacer sonar estos timbresmágicos y dejando que mis ensueños
volasenen alas de esas ondas sonoras hasta el fondode esas Asias orientales
donde el sol que naceparece haberlo dorado todo, desde las hojas desus
enormes sables hasta los cantos de sus diminutoslibros.
Las calles de Munich producíanme un extrañoefecto al salir de allí con los
ojos deslumbradospor todos aquellos reflejos de laca yjade, por los chillones
colores de los mapas geográficos,especialmente los días en que el coronelme
había leído una de aquellas odas japonesasde una poesía casta, sublime, tan
originalcomo profunda. El Japón y Baviera, estosdos países nuevos para mí,
que iba conociendocasi al mismo tiempo, mirando al uno al travésdel otro, se
mezclaban y confundían dentrode mi cerebro, convertidos en una especiede
paisaje vago, en el país de lo azul. Aquellalínea azulada de los viajes que
acababa de contemplaren las tazas japonesas, representandolos rasgos de las
nubes y el boceto de lasaguas, la percibía en los azulados frescos delos muros.
¡Y esos soldados azules que seadiestraban en el manejo de las armas en
lasplazas, con sus cascos japoneses, y ese cielodespejado y tranquilo, azul
como la flor delVergiss-meinnicht, y ese cochero azul, que meconducía a la
fonda de la Grappe-Bleue!
También se armonizaba con las visiones azuladasdel país entrevisto por mí el
lago centelleante,que espejea en lo más recóndito demi memoria. Sólo con
escribir ese nombre deStarnberg, he vuelto a ver cerca de Munich laextensa
superficie de agua, tersa, llena de cielo,familiar y viva por el humo de un
vaporcilloque costeaba sus orillas. Rodeándola, lasobscuras masas de los
grandes parques, separadasde trecho en trecho, y como rotas por lablancura de
las casas de campo. Más arriba villorrioscon los aleros apiñados, nidos de
casascolocados sobre los ribazos escarpados, másarriba aún, las montañas del
Tirol, lejanas, delcolor del aire en que flotan, y en un extremode ese cuadro
algo clásico, pero tan encantador,el viejo, viejísimo batelero, con sus
largaspolainas y su chaleco rojo con botones deplata, quien me paseó un
domingo entero enorgulleciéndosede llevar un francés en subarca.
