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Gatsby
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—Ya, ya—responde el hombrecillo sin inmutarse,y volvemos a Munich.
Forzoso es creer que nuestro embajador deentonces variaba de domicilio,
frecuentemente,o bien que por no alterar mi cochero las costumbresde su coche
se le había antojado hacermevisitar, que quieras que no, la ciudad ysus
inmediaciones. Lo cierto es que pasamostoda la mañana recorriendo Munich en
todoslos sentidos, en busca de aquella fantástica Embajada.Después de otros
dos o tres intentos,acabé por no apearme ya del coche. El cocheroiba y venía,
deteníase en ciertas calles y hacíacomo que se informaba. Me dejé llevar sin
hacerotra cosa que mirar en mi derredor. ¡Quéciudad más aburrida y fría ese
Munich, consus grandes paseos, sus alineados palacios, suscalles
extraordinariamente anchas y donde resuenanlos pasos, su museo al aire libre
de notabilidadesbávaras tan muertas dentro de susblancas estatuas!
¡Qué gran número de columnas, de arcos,de frescos, de obeliscos, de templos
griegos, depropíleos, de dísticos en letras doradas sobrelos frontones! Todo
esto esforzándose por parecergrandioso, pero parece como que se sienteel vacío
y el énfasis de aquella falsa grandeza,al ver en todos los confines de las
avenidas losarcos triunfales por donde no pasa más que elhorizonte, los
pórticos abiertos sobre el espacioazul. Del mismo modo me imagino yo
esasciudades fantásticas, mezcla de Italia y de Alemania,por donde Musset
hace pasearse el incurabletedio de su Fantasio y la peluca solemney necia del
príncipe de Mantua.
Cinco o seis horas duró esta carrera en coche,después de las cuales el
cochero volvió allevarme triunfalmente al patio de la Grappe-Bleue,haciendo
restallar su látigo, orgullosísimode haberme enseñado a Munich. En cuantoa la
Embajada, terminé por encontrarla doscalles más allá de mi fonda, pero el
descubrimientono me sirvió para nada, porque el cancillerse negó a darme
pasaporte para Würzburgo.Según parece, éramos muy mal vistospor aquellos
días en Baviera, un francés nohubiera podido aventurarse sin peligro hastalos
puestos avanzados. Fueme por lo tanto precisoaguardar en Munich a que la
señora deSieboldt tuviera ocasión de hacer llegar a mismanos la tragedia
japonesa.
IV
EL PAÍS DE LO AZUL
¡Rareza humana! Esos buenos bávaros, quetanto nos vituperaban por no
haberles ayudadoen esa guerra, no experimentaban la másmínima animosidad
contra los prusianos. Nivergüenza por las derrotas, ni odio al vencedor.¡Es el
primer ejército del mundo!—medecía orgulloso el fondista de la Grappe-
Bleue,al siguiente día de la batalla de Kissingen;—yésa era la opinión general
 

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