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Gatsby
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Franzose...Franzose... Todos me miraban con manifiestaantipatía: Salgamos—
me dijo el señorde Sieboldt, y cuando estuvimos fuera, encontréen él su
agradable sonrisa de otros tiempos.El buen hombre no había olvidado
supromesa, pero la clasificación de su colecciónjaponesa, que acababa de
vender al Estado, letenía ocupadísimo. Por eso no me había escrito.En cuanto a
mi tragedia, estaba en Würzburgo,en poder de la señora de Sieboldt, y
parallegar hasta allá necesitaba una autorizaciónespecial de la Embajada
Francesa, porque losprusianos se acercaban a Würzburgo y era yamuy difícil el
conseguir entrar en dicha población.Tenía tales deseos de poseer mi
Emperadorciego, que a no ser por el temor de encontraracostado al señor de
Trevise, hubiera idoaquella misma noche a la Embajada.
III
EN «DROSCHKE»
El fondista de la Grappe Bleu me hizo montaral día siguiente bien temprano
en uno deesos pequeños vehículos de alquiler que no faltannunca en los patios
de las fondas para enseñara los viajeros las curiosidades de la ciudad,y desde
donde se os aparecen como entrelas hojas de una guía los monumentos y las
callesmás importantes. No se trataba entoncesde llevarme a ver la ciudad, sino
de conducirmea la Embajada Francesa:—¡FranzösischeAmbassad!—repitió el
fondista dos veces. Elcochero, un hombrecillo con traje azul y unsombrero
enorme, parecía muy asombrado delnuevo destino que se daba a su coche, a
sudroschke (según dicen en Munich). Pero misorpresa fue mucho mayor que la
suya, cuandole vi volver la espalda al barrio noble, entraren una larga ronda de
arrabal, llena de fábricas,casas de obreros y jardinillos, atravesar laspuertas y
conducirme fuera de la ciudad.
—¿Embajada Francesa?—le preguntaba yofrecuentemente con inquietud.
Ya, ya—respondía el hombrecillo, y seguíamosrodando. Deseaba pedir
algunos otrosinformes; pero era imposible porque mi conductorno hablaba
francés, y yo mismo poraquella época sólo conocía de la lengua alemanados o
tres frases muy elementales, en quese trataba de pan, cama y comida, y en
maneraalguna de embajador. Y aun esas frases no podíapronunciarlas más que
cantando; he aquípor qué.
Algunos años antes, había emprendido conun camarada tan loco como yo, a
través de Alsacia,Suiza y el Ducado de Badén un verdaderoviaje de buhonero,
con el saco a cuestas,a jornadas de doce leguas, rodeando las poblacionesde las
cuales sólo deseábamos ver laspuertas, y marchando siempre por sendas
yatajos sin saber a dónde nos conducirían. Estonos proporcionaba,
frecuentemente, la sorpresade pernoctar a campo raso o bajo el
 

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