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Gatsby
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emociónpor el temblor de su brazo sobre el mío,y especialmente, por la insólita
palidez de sunariz, un narigón de sabihondo, rojo por el estudioy por la cerveza
de Munich. Cuando volvía encontrarlo, por la noche, estaba
triunfante:Napoleón III lo había recibido entre dos puertas,escuchado durante
cinco minutos y despedidocon su frase ordinaria: «Veré... pensaréen ello.» Sin
más que eso, el cándido japonésintentaba ya adquirir en arrendamiento el
primerpiso del Gran-Hôtel, poner comunicadosen los periódicos, publicar
prospectos; costomegran trabajo hacerle comprender que Su Majestadquizá se
tomase mucho tiempo para reflexionary que, mientras, lo más convenientesería
que volviera a Munich, donde la cámaraestaba precisamente a punto de votar
un créditopara la adquisición de sus grandes colecciones.Mis advertencias lo
convencieron, y en recompensadel trabajo que me tomé con su
famosaMemoria, me prometió al marchar enviarmeuna tragedia japonesa del
siglo XVI,preciosa obra maestra desconocida por completoen Europa, y que
había traducido ex profesopara su amigo Meyerbeer. Cuando murió elmaestro,
se disponía a escribir la música de loscoros. Como ustedes ven, el excelente
hombredeseaba hacerme un verdadero obsequio.
Desgraciadamente, algunos días después desu partida, estalló la guerra en
Alemania, y novolví a oír hablar más de mi tragedia. Habiendoinvadido los
prusianos los reinos de Würtembergy de Bavaria, era bastante natural quesu
ardor patriótico y el gran trastorno de la invasiónhubieran hecho olvidar al
coronel la tragediajaponesa que, según me había manifestado,se titulaba
Emperador ciego. Pero yo pensabaen él más que nunca, y, no sólo por
deseosde poseer la obra ofrecida, sino también porcuriosidad de ver de cerca lo
que era la guerra,la invasión (¡Dios mío, ahora la recuerdo muybien con todos
sus horrores!) lo cierto es queuna mañana temprano resolví marchar a Munich.
II
LA ALEMANIA DEL SUR
¡Pueden ustedes hablarme de los pueblos desangre gorda! En plena guerra,
con ese solachicharrante del mes de agosto, todo el paísde más allá del Rhin,
desde el puente de Kehlhasta Munich, tenía su aspecto tan frío y tanpoco
inquieto. Por las treinta ventanillas delvagón würtembergués que me conducía
lentay pesadamente a través de la Suabia, desfilabanpaisajes, montañas,
torrenteras, quebradas demagnífico verdor en que se sentía la frescura delos
arroyos. Por las pendientes que desaparecíangirando según avanzaban los
vagones, habíaaldeanas tiesas en medio de sus rebaños, vestidascon sayas
coloradas y corpiños de terciopelo,y los árboles eran tan verdes en
derredorsuyo, que parecía todo aquello una pastorelasacada de una de esas
cajitas de abeto, que tanbien huelen a resina y a pino, de los bosquesdel Norte.
 

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