Read The Great
Gatsby
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En el borde de un hoyo, los unos cerca delos otros, yacían liebres de rojo
pelo y conejillosgrises de cola blanca, con las patitas juntaspor la muerte, en
actitud de implorar misericordia,y con ojos empañados como si
llorasen;además, perdices rojas, machos de perdiz grises,con la herradura
como mi camarada, y perdigoncillosde aquel año que, como yo, tenían
todavíapelusa debajo de las plumas. ¿Hay nadamás tétrico que una ave muerta?
¡ Las alas sontan vivas! El verlas plegadas y frías hace temblar...Un gran corzo,
magnífico y tranquilo,parecía dormir, con su lengüecita sonrosadafuera de la
boca, cual si aun fuese a lamer.
Y también estaban allí los cazadores, inclinadossobre aquella carnicería,
contando y tirandohacia sus morrales de las patas ensangrentadasy de las alas
rotas, con menospreciode todas esas heridas recientes. Los perros,atraillados
para el camino, fruncían aún sus hocicosen ristre, como si se dispusiesen a
volvera lanzarse a los tallares del soto.
¡Oh, mientras el ancho sol ocultábase alláabajo y se alejaban todos jadeantes,
agrandandosus sombras sobre los terrones de los surcosy las sendas húmedas
con el sereno del crepúsculo,cómo maldecía yo, cómo odiaba a todala banda,
hombres y animales!... Ni mi compañeroni yo podíamos lanzar, como de
costumbre,unas notitas de despedida a ese díaque expiraba.
Vimos en nuestro camino infelices bestezuelas,muertas por un extraviado
perdigón de plomoy sirviendo de pasto a las hormigas; musgañoscon el hocico
lleno de polvo, picazas, golondrinasderribadas al vuelo, tendidas de espaldasy
levantando sus yertas patitas hacia elcielo, de donde descendía la noche
precipitadamente,como suele en otoño, clara, fría y húmeda.Pero lo que más
profundamente conmoviótodo mi ser fue oír en los linderos del bosque,al
margen del prado y allá abajo en los juncalesdel río, llamamientos angustiosos,
tristesy diseminados, que, no siendo contestados pornadie, iban a perderse en
las lejanías del espacio.
EL EMPERADOR CIEGO
O VIAJE A BAVARIA PARA BUSCAR UNA TRAGEDIA JAPONESA
I
EL SEÑOR CORONEL DE SIEBOLDT
El señor de Sieboldt, el coronel bávaro alservicio de Holanda, señor de
Sieboldt cuyasnotables obras acerca de la flora japonesa lehan conquistado
merecida reputación en loscírculos científicos, llegó a París, durante
laprimavera de 1866, para someter al Emperadorun vasto proyecto de
 
 

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