«¡Cifer!...¡L'Estello!... ¡L'Estournello!»... Cuando seoye nombrar cada bruto,
corre dando al vientolas crines, a comer avena en la misma manodel guarda...
Más lejos, en la misma orilla, vese una granmanada de bueyes, paciendo
libremente comolos caballos. De vez en cuando distingo porencima de unas
matas de tamariscos la aristade sus dorsos encorvados, y sus cuernecitos quese
yerguen en forma de media luna. La mayoríade estos bueyes de Camargue se
crían paraser lidiados en las fiestas de los pueblos, yalgunos tienen ya fama en
todos los circos deProvenza y Languedoc. Así, por ejemplo, lamanada que está
más cerca, cuenta entre otroscon un terrible combatiente llamado Romano,que
ha despanzurrado a no sé cuántos hombresy caballos en las plazas de Arlés, de
Nimes, deTarascón. Por eso, sus compañeros le han confiadola jefatura; porque
en esas extrañas piaraslos brutos se gobiernan por sí mismos, agrupadosen
torno de un toro viejo a quien eligencomo guía. Cuando en la Camargue
descargaun huracán, terrible en esa gran llanura dondenada lo desvía ni lo
detiene, es curioso ver replegarsela manada detrás de su jefe, con todaslas
cabezas inclinadas, volviendo hacia el ladode donde el viento sopla, esas
anchas testucesen que se condensa la fuerza del buey. Lospastores provenzales
llaman a esta maniobra:volver cuernos al viento. ¡E infelices los rebañosque no
se conformen con ello! Cegada porla lluvia, empujada por el huracán, la
manadaen derrota gira sobre sí misma, se extravía, sedispersa, y corriendo
enloquecidos los bueyeshacia adelante, pretendiendo alejarse de la
tempestad,arrójanse en el Ródano, en el Vaccaréso en el mar, donde casi todos
perecen.
Esta madrugada, cuando empezaba a alborear,me despierta con sobresalto un
tremendoredoble de tambor... ¡Rataplán, rataplán!...
¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, ya tales horas!... ¡Qué cosa más
extraña!
Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrirla puerta.
¡No veo a nadie! Cesó el ruido... De entreunas labruscas húmedas, vuelan
dos o tres chorlitossacudiéndose las alas. Entre los árboles semece una suave
brisa... Hacia el Oriente, sobrela aguda cresta de los Alpilles, amontónase
unpolvo de oro, de donde surge lentamente elsol... El primer rayo roza ya la
techumbre delmolino. En el mismo instante, el invisible tamborvuelve a
redoblar en el campo bajo la espesura...¡Rataplán, rataplán!...
¡El demonio llévese la piel de asno! Ya lohabía olvidado. Pero, en fin, ¿quién
será elbruto que saluda a la aurora en el fondo de losbosques con un tambor?...
