albaricoqueros,los abridores, los naranjos mandarinesse distinguían solamente
por el aspecto de susdesnudas ramas, sin el encanto y la ondulaciónde hojas
que constituye la vida de los árboles.Empezábase la limpieza de los cauces de
agua,de los aljibes. Por doquiera cavaban los peonesla tierra para destruir los
huevos puestos por losinsectos. Cada terrón era destripado,
desmenuzándoloesmeradamente. Y al ver las mil raícesblancas, llenas de savia,
que aparecían en esosdestrozos de tierra fértil, el corazón se oprimíay el alma
se angustiaba...
El recado del guarda, medio en francés, medioen provenzal, que ha traído un
mensajero,anunciando que han pasado ya dos o tres buenasbandadas de
galejones, de carlotinas, y otrasaves de primera, ha producido gran rumor enel
castillo.
«Vendrá usted con nosotros», me han escritomis amables vecinos. Y esta
mañana a las cincoestaba esperándome al pie de la cuesta sugran break,
cargado de escopetas, perros y víveres.Henos aquí rodando por la carretera
deArlés, algo seca y árida en esta madrugada dediciembre, en que apenas se
distingue el pálidoverdor de los olivos y el verde intenso de lasencinas,
demasiado de invernadero y como ficticio.No faltan madrugones que iluminan
lasvidrieras de las granjas, y en las cresterías depiedra de la abadía de
Montmajour, los quebrantahuesosaletargados todavía por el sueñorevolotean
entre las ruinas. Sin embargo, encontramosya, a lo largo de las zanjas,
campesinasviejas que van al mercado, trotando ensus borriquillos. Vienen de la
Ville-des-Baux.¡Seis leguas largas para sentarse una hora enlas gradas de San
Trofino y vender paquetitosde hierbas medicinales recolectadas en la
montaña!...
Divisamos ya las murallas de Arlés; murallasbajas y almenadas, como se ven
en las estampasantiguas, donde aparecen guerreros armadosde lanzas sobre
terraplenes menores queellos. Cruzamos a galope esta maravillosa y
pequeñaciudad, una de las más pintorescas deFrancia, con sus balcones
esculpidos y barrigudosavanzando hasta el centro de las calles estrechas,con
sus vetustas casas renegridas, depuertas pequeñas, moriscas, ojivales y
bajas,que nos recuerdan los tiempos de GuillermoCourt-Nez y de los
sarracenos. A aquellas horasno había aún nadie en la calle. Sólo estáanimado el
muelle del Ródano. El barco de vaporque hace la travesía de Camargue
