Read The Great
Gatsby
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Quedábamos en queayer tarde regresaban los rebaños. Desde porla mañana
esperaba el zaguán, de par en parabierto, y el suelo de los apriscos había
sidoalfombrado de paja fresca. De hora en hora exclamabala gente: «Ahora
están en Eyguières,ahora en el Paradón.» Luego, repentinamente,a la caída de
la tarde, un grito general de ¡ahíestán! y allá abajo, en lontananza,
veíamosavanzar el rebaño envuelto en una espesa nubede polvo. Todo el
camino parece andar con él.Los viejos moruecos vienen a vanguardia, conlos
cuernos hacia adelante y aspecto montaraz;sigue a éstos el grueso de los
carneros, las ovejasalgo fatigadas y los corderos entre las patasde sus madres,
las mulas con perendenguesrojos, llevando en serones los lechales de undía,
meciéndolos al andar; en último término,los perros, sudorosos y con la lengua
colgantehasta el suelo, y dos rabadanes, grandísimostunos, envueltos en mantas
encarnadas, queles caen a modo de capas hasta los pies.
Desfila este cortejo ante nosotros alegrementey se precipita en el zaguán,
pateando conun ruido de chaparrón. Es digno de ver elmovimiento de asombro
que se produce en todala casa. Los grandes pavos reales de color verdey oro, de
cresta de tul, encaramados en susperchas han conocido a los que llegan y los
recibencon una estridente trompetería. Las avesde corral, recién dormidas, se
despiertan sobresaltadas.Todo el mundo está en pie: palomas,patos, pavos,
pintadas. El corral andarevuelto: las gallinas hablan de pasar en velala noche.
Diríase que cada carnero ha traídoentre la lana, juntamente con un silvestre
aromade los Alpes, un poco de ese aire vivo delas montañas que embriaga y
hace bailar.
En medio de esa algarabía, el rebaño penetraen su yacija. Nada tan hechicero
como esainstalación. Los borregos viejos enternécenseal contemplar de nuevo
sus pesebres. Los corderos,los lechales, los que nacieron durante elviaje y
nunca han visto la granja, miran enderredor con extrañeza.
Pero es mucho más enternecedor el ver losperros, esos valientes perros de
pastor, atareadísimostras de sus bestias y sin atender a otracosa más que a ellas
en la masía. Aunque elperro de guarda los llama desde el fondo desu nicho, y
por más que el cubo del pozo, rebosandode agua fresca, les hace señas, ellos
seniegan a ver ni a oír nada, mientras el ganadono esté recogido, pasada la
tranca tras de lapuertecilla con postigo, y los pastores sentadosalrededor de la
mesa en la sala baja. Sólo entoncesconsienten en irse a la perrera, y
allí,mientras lamen su cazuela de sopa, refieren asus compañeros de la granja
lo que han hechoen lo alto de la montaña: un paisaje tétricodonde hay lobos y
grandes plantas digitalespurpúreas coronadas de fresco rocío hasta elborde de
sus corolas.
LA DILIGENCIA DE BEAUCAIRE
 

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