El señor subprefecto, embriagado de aromas,ebrio de música, pretende
inútilmente resistirel nuevo encanto que le invade. Colócase decodos sobre la
hierba, se desabrocha la hermosacasaca, y farfulla otras dos o tres veces:
—Señores y queridos administrados. Señoresy queridos adminis... Señores y
queridos...
Manda después a paseo a los administrados,y la Musa de los comicios
agrícolas vese obligadaa cubrirse el rostro.
Cúbrete el rostro, ¡oh, Musa de los comiciosagrícolas! Cuando, transcurrida
una hora, lasgentes de la subprefactura, intranquilos por suseñor, entran en el
bosquecillo, contemplan horrorizadosun espectáculo que les hace retroceder.El
señor subprefecto, despechugado comoun bohemio, estaba echado boca abajo
sobre lahierba. Habíase quitado la casaca, y mascandoflores, el señor
subprefecto componía versos.
Al despertarme el domingo último e incorporarmeen el lecho, creí, por un
instante, queestaba en la calle del Faubourg-Montmartre.Llovía; el cielo estaba
gris; el molino triste.Me espantó la idea de pasar en casa aquel díade lluvia, y
sentíme al punto ansioso de ir acalentarme un poco a la de Federico Mistral,ese
gran poeta que reside en Maillane, villorrioque dista tres leguas de mis pinos.
Dicho y hecho: una estaca de ramo de mirto,mi Montaigne, una manta, ¡y al
camino!
No había un alma en los campos... Nuestrahermosa Provenza católica otorga
los domingosdescanso a la tierra... Los perros solos en loshogares, las granjas
cerradas... De vez encuando, una galera de «ordinario» con el toldochorreando;
una vieja, cubierta la cabeza consu mantón de color de hoja seca; mulas
engalanadascon guarnición de esparto azul y blanco,madroños rojos,
cascabeles de plata, tirandode una carreta en las que las gentes de lasmasías
van a misa; después, allá abajo, porentre los jirones de la bruma, una barca en
elrío y un pescador de pie, lanzando su esparavel.
Imposible de todo punto leer en el caminoaquel día. Llovía a torrentes, y la
tramontanaarrojaba el agua a cubos al rostro... Hice la caminatade un tirón, y
después de andar treshoras, percibí a la postre ante mí los tres cipresitosen
medio de los cuales guarécese delviento la comarca de Maillane.
No andaba ni un gato por las calles de laaldea; todo el mundo estaba en misa
mayor.Al pasar yo delante de la iglesia, zumbaba elpiporro, y vi relucir los
cirios a través de laspolicromas vidrieras.
