¡Triste velada! Fuera habíase recrudecidoel temporal al expirar el día, y era
aquello unestrépito, una descarga cerrada, un surgiderode espumarajos, la
batalla entre los peñascosy las aguas. Un golpe de viento de alta marpenetraba
de vez en cuando en la caleta y envolvíanuestra casa. Conocíase por el
repentinoaumento de las llamas, que iluminaban de prontolos mohínos rostros
de los marineros, agrupadosen derredor de la chimenea contemplandoel fuego
con esa plácida expresión que da elhábito de las hermosas perspectivas y de
loshorizontes inmensos. También, a veces, quejábasePalombo con dulzura.
Entonces volvíantodos los ojos hacia el rincón obscuro, dondeel pobre
compañero estaba en el trance de lamuerte, lejos de los suyos y sin ayuda, y,
acongojadoslos pechos, oíanse grandes suspiros.Eso es todo cuanto inspiraba a
aquellos trabajadoresdel mar, pacientes y dulces, el sentimientode su propio
infortunio. Nada de sublevacionesni de huelgas.
¡Solamente un suspiro! Sin embargo, meequivoco. Al pasar uno de ellos por
delante demí para arrojar un haz de leña al fuego, medijo con voz baja y
conmovida:
—¡Ya ve usted, señor, que en nuestro oficiose sufren a veces muchas penas!
—¿Qué es eso, tío Azam? ¿Una carta?
—Sí, señor... una carta que viene de París.
¡Y poco orgulloso estaba el buen tío Azamcon que la carta viniese de París!
Yo no. Algome decía que aquella parisiense de la calle deJuan Jacobo, al caer
en mi mesa tan repentinamentey tan temprano, iba a hacerme perdertoda la
mañana. No me había equivocado,como pueden juzgar ustedes mismos. Decía
así:
«Amigo mío: Necesito que me hagas un favor.Cierra por un día tu molino, y
ve en seguidaa Eyguières, que es un lugarón quedista tres o cuatro leguas de tu
residencia, unpaseo, como quien dice. Cuando llegues, preguntapor el convento
de las huérfanas. Pasadoel convento, verás una casa de un solopiso, contiene
postigos grises y un jardinillodetrás. Entra sin llamar, la puerta estásiempre
abierta, y cuando entres da muchasvocea:—¡Buenos días, buena gente!
Soyamigo de Mauricio.—Entonces verás a dosviejecitos, ¡oh! pero viejos,
reviejos, archiviejos,tenderte los brazos desde el fondo desus grandes sillones,
y los abrazas en mi nombre,de todo corazón, como si fuesen cosa tuya.Después
hablarán ustedes; ellos te preguntaránpor mí, y yo seré el único tema desu
conversación; te contarán mil chocheces,que debes escuchar sin reírte. ¿No te
reirás,eh? Son mis abuelos, dos seres para quienesyo soy toda su vida, y que no
