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Mediada la noche, levantábase el torrero,examinaba por última vez sus
mechas, y bajábamos.En la escalera nos tropezábamos conel colega del
segundo cuarto, quien subía restregándoselos ojos; se le entregaba la calabazay
el Plutarco. Después, cuando nos íbamosa acostar, entrábamos un momento en
la habitacióndel fondo, hecha un revoltijo de cadenas,grandes pesas, depósitos
de estaño, calabrotes,y allí, a la luz del candilejo, el torreroescribía en el gran
libro del faro, abierto constantemente.
Media noche. Buque a la vista por el horizonte.Mar gruesa. Tempestad.
LA AGONIA DE LA GOLETA «LIGERA»
Puesto que el mistral nos lanzó la otra nochea la costa de Córcega,
permítanme ustedesque les refiera una triste historia marítima deque hablan
con frecuencia los pescadores depor allá durante la velada, y acerca de la
cualme ha suministrado la casualidad datos muyinteresantes.
Hace dos o tres años que ocurrió.
Bogaba por el mar de Cerdeña, acompañadode siete u ocho carabineros de
mar. ¡Penosoviaje para un novicio! En todo el mes de marzono habíamos
disfrutado de un solo día bueno.El viento del Este nos había combatidocon
fiereza y el mar no abonanzaba.
Una tarde, que capeábamos el temporal,nuestra barca se refugió a la entrada
del estrechode Bonifacio, en medio de un archipiélagode islillas. Su aspecto era
tranquilizador: grandesrocas peladas, pobladas de aves, algunasmatas de ajenjo,
espesuras de lentiscos, y acáy acullá entre el fango algunos maderos
queempezaban a pudrirse; pero, a fe mía, para pasarla noche eran preferibles
esas rocas siniestrasal camarote de una vieja barca a mediocubrir, donde
entraba el oleaje como Pedropor su casa, y con ella tuvimos que conformarnos.
Tan pronto como desembarcamos y mientraslos marineros encendían lumbre
para guisarla sopa de peces, me llamó el patrón, ymostrándome una pequeña
cerca de piedrablanca, perdida entre las brumas en el extremode la isla, me
dijo:
—¿Quiere usted venir al cementerio?
—¡Un cementerio, patrón Lionetti! Pues,¿dónde nos encontramos?
—En las islas Lavezzi, señor. Aquí fueronenterrados los seiscientos hombres
de la fragataLigera, en el lugar mismo en que se perdióhace diez años... ¡Pobre
gente! No sonmuy visitados y menos mal que llegamos nosotrospara decirles
buenos días, puesto que yaestamos en él...
 

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