losabades de conventos con sus pequeñas mitras,los mayordomos de fábrica de
San Agrico, lassotanas violetas de la escolanía sin que faltarannumerosos
individuos del bajo clero, lossoldados del Papa de gran uniforme de gala,los
ermitaños del monte Ventoso con sus carasferoces y el monacillo que los sigue
tocandola campanilla, los hermanos disciplinantes desnudosde pecho y espalda,
los floridos sacristanescon toga de jueces; todos, toditos, hastalos que hacen las
aspersiones de agua bendita,y el que enciende y el que apaga los cirios...nadie
faltaba al solemne acto... ¡Ah! ¡Era unahermosa ordenación! Campanas,
petardos, sol,música, y siempre esos sonoros tamboriles queguiaban la danza
allá abajo, en el puente deAviñón...
Al presentarse Védène en medio de la asamblea,su empaque y su buen
talante produjeronun murmullo de admiración. Era un magníficoprovenzal,
rubio, con largos cabellos de puntasrizadas y una barbita corta y primeriza
queparecía formada por vedijas de metal fino desprendidaspor el buril de su
padre, el escultor enoro. Circularon rumores de que los dedos de lareina Juana
habían jugado algunas veces conaquella rubia barba, y efectivamente el
señorde Védène tenía el glorioso aspecto y el mirarabstraído de los galanes
amados por reinas...Aquel día, para honrar a su nación, había sustituidosu
vestido napolitano por un capisayobordado de rosas, a la provenzala, y sobre
sucapillo temblaba una gran pluma de ibis deCamargue.
Al entrar el archipámpano, saludó galantementea la concurrencia, y dirigiose
a la elevadaescalinata, donde le aguardaba Su Santidadpara imponerle las
insignias de su grado:la cuchara de boj amarillo y la sotana de colorde azafrán.
Junto a la escalera estaba la mula,enjaezada y dispuesta a partir para la
viña...Al pasar cerca de ella, sonriose satisfecho TistetVédène y se detuvo para
darle dos o tresgolpecitos cariñosos en la grupa, mirando conel rabillo del ojo
si el Papa lo observaba. Laocasión era propicia... La mula tomó impulso...
—¡Toma, allá te va, bandido! ¡Siete añoshacía que te la guardaba!
Y le soltó una coz tan terrible, tan certera,que desde Pamperigouste se vio el
humo, unahumareda de polvo rubio en la que revoloteóuna pluma de ibis...
¡Eso fue todo lo que quedódel infortunado Tistet Védène!...
Pocas veces son las coces de mula tan fulminantes.Pero aquélla era una mula
papal. Yademás, ¡figúrense ustedes!... ¡Hacía nadamenos que siete años que se
la guardaba!...No hay ejemplo de odios eclesiásticos semejanteal mencionado.
EL FARO DE LAS SANGUINARIAS
No me fue posible, por muchos esfuerzos quehice, pegar los ojos aquella
noche. El mistralestaba furioso, y el estrépito de sus grandessilbidos me
