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Carlos Broschi

—Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello?
—Jamás.
—¿Ni aun en sueños?
—¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente.
—¿Y no te ha indicado nada tu madre?
—Nada.
—Pues yo he dado ya calabazas a dos.
—¿Por qué motivos?
—Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú?
—Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento.
—¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría quefuese
ministro... para que me llevara a palacio.
—¿Y con eso te contentas?
—Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.
—Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?
—Siempre.
—¿Y de tu esposo?
—Señor—exclamó de pronto mi compañero,—¿no tiene usted bastos?
—¡Vaya si tengo!
—¿Por qué, pues, no los ha echado usted?
—Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contabalas cartas
ya jugadas.
Este incidente fue causa de que perdiera algunos párrafos de laconversación que
tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluidotodavía.
—¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...
—¡Oh! eso es lo primero.
—¿Lo crees así?
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