Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Carlos Broschi

cardenal confesor del Rey; pero loque excitaba más la curiosidad pública era que se
daba por seguro quecantaría Farinelli.
Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió derepente una voz pura
y melodiosa que parecía bajar del cielo, y laconcurrencia guardó un profundo silencio.
Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento niternura, ni
sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecosllenaban el alma del
dolor más profundo y hacían verter lágrimas;parecían elevarse a las regiones celestes
y dirigirse a seres invisiblesque habitaban las mansiones eternas.
«¡Ved—decía Carlos,—ved sobre las nubes el ángel que nos contempla ynos
bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura,vuelve a tu patria y
dirígenos desde ella tu divina voz, diciendo:¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...»
En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos deaquella voz
vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, ymurmurando a lo lejos: ¡Ven!...
¡ven!... Farinelli sucumbía a laprofunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus
brazos, cayódesvanecido.
Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, lehizo colocar
en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente porenmedio de la multitud,
mientras que Carlos, volviendo hacia su amigolos ojos bañados en lágrimas, le decía:
—¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?
—¡Sí—le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;—sí, lo hay! Que estaidea te
consuele y te impida acusar a la Providencia.
—¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poderpertenecer al
objeto que se idolatra!
—¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario,que la mujer a
quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley dela Naturaleza, los deberes de
la religión hubiesen levantado entreustedes una barrera insuperable; si confidente de
su ternura para con turival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos;
si, enfin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, ¿tecreerías aún el
más desdichado de los hombres?
—¡Cómo!—exclamó Carlos espantado,—esos tormentos de que hablas...
—Los he experimentado yo.
—¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado elsobrehumano valor
que necesitabas para ello?
—¡Dios y la amistad!
Remove