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Carlos Broschi

—»Hoy es ese día—exclamó Carlos con acento apasionado,—¡y no estoy
enAranjuez!... Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de unaamiga... que
sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.
—»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted?
—»Mientras viva—me contestó con aire sombrío;—mientras usted no mediga:
«márchese»... porque, ¡mi soberana es usted!
—»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito,inconcebible?...
—»Le he rogado—contestó, entristecido,—y me ha prometido usted nohablar a
nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que heprestado a mi soberano, el
secreto favor con que me honra, tienen suorigen en sucesos que no le puedo revelar.
Es el solo y único secretoque tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino
demasiadotarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?...y
espero que así habrá sucedido.
»Tomó la pluma y escribió:
«Señora:
»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad,
hanconcedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitarla envidia,
aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea unsecreto que apenas pueden
adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar aministro? Los ultrajes que recibiría no
se detendrían en mí, y puede serque se elevaran más alto. Por el interés y respeto que
le profeso,señora, lo mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino,le
ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a élotro derecho que mi
celo, y solamente rehusando me haré digno de él;porque rehusándolo creo servir a Su
Majestad. Y ahora solicitaré otragracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la
obscuridad, que eslo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la
presentedesde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder graciaa la
condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afeccióninsensata,
probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así comomi gratitud y mi
respeto para Vuestra Majestad.»
»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por uncorreo.
—»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?—me dijo.
—»No tengo más que remordimientos—le contesté, tendiéndole la mano;—yconfío
en que desaparecerán, pasados algunos días.
»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé enreconocer los
sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por suamor hacia mí.
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