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Carlos Broschi

temblando y con reserva algunas preguntas sobreCarlos. Su nombre era desconocido;
nadie había oído hablar de él; y enEspaña, como en Londres, todo el mundo ignoraba
que existiese CarlosBroschi.
XI
»Partí, al fin, cuando me sentí con fuerzas para soportar las fatigasdel viaje. Me
embarqué para Nápoles, pero no volví a Sorrento, cuyorisueño aspecto y el dichoso
porvenir que en él había concebido me lohacían aborrecible. Corrí a ocultar mi dolor
bajo los sombríos muros delcastillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas
ennegrecidas ydeterioradas por el tiempo, exhalaban una melancolía que estaba
enconsonancia con mi tristeza. Una parte del castillo había sido edificadasobre una
roca, y al pie de ella corría un torrente con violenciainaudita. ¡En el fondo de aquel
abismo estaba la muerte!... ¡Una muertesegura, y con ella el reposo!... Más de una vez
me detuve al borde delabismo, que medía con mi vista, y dábanme intenciones de
arrojarme aél... Pero, ¡Dios me contuvo! Me parecía oír, mezclado con el ruido delas
espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mieterna
condenación... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrirun suplicio más largo
y más cruel...
»Hacía un mes que Carlos había partido, y, fiel a su promesa esta vez,regresó a
Sorrento para el día indicado; no encontrándome allí, corrióal castillo de Arcos, y si
yo hubiese ignorado su traición, su turbacióny su tristeza me la habrían hecho
conocer. Demasiado franca paraocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para
descender hasta elreproche, le conté fríamente lo que había visto y oído,
prometiéndole,no obstante, guardar un secreto del que dependía su vida.
»Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sacó de subolsillo
una carta que me entregó, diciéndome:
—»No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a mí.
»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de lacarta:
«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor másfiel, ni
consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por eltierno amor que le
profeso, por el interés que me tomo en su dicha y enel bienestar de su reino, deseche
vanos temores y arrostre los peligrosque nosotros desafiamos. ¿Qué importa su
nacimiento? ¿Qué importa suestado? Desprecie, en obsequio nuestro, las
exclamaciones e insultos dela Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.
»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.»
 
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