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Carlos Broschi

rápidamente su camino.Pocos momentos después llegaron las mulas para mi coche, y
pregunté alos mozos de postas si conocían a los viajeros que me precedían.
—»No, señora—repuso uno de ellos;—pero son ricos y me pagan bien:deben de ser
marido y mujer.
—»O alguna cosa de otro género—agregó con una maligna sonrisa otromozo de
mulas.
—»¿Por qué cree usted tal cosa?
—»¡Por Nuestra Señora de Atocha! ¡Cuando se viaja así frente a frente!Y además,
como la señora tuteó al caballero...
—»¡Es verdad!—le dije, sintiendo que mi corazón desfallecía.
—»Sí—le decía ella:—Carlos, ¿qué piensas de este polvo? ¿Verdad queviajamos
como los dioses envueltos en una nube?
—»Basta—les dije,—partamos.
»Llegué a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me habíanconducido
a la mejor fonda, a la de Las Armas de España; y al entraren el lujoso aposento que se
me destinó, el primer objeto con quetropezó mi vista fue un retrato ricamente
adornado. Juzguen ustedes demi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de
la compañerade Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecían seguirme por
todaspartes.
—»¿Quién es esta señora?—pregunté a mi huésped.
»Me hizo una reverencia y repuso:
—»¿Es posible que la señora no haya reconocido a Su Majestad la Reina?
—»¡La Reina!—exclamé, dominada por el espanto.
—»¡Ah! ¡La fortuna y el crédito de Carlos, el misterio que le rodeaba,su secreto
terrible del que dependía su libertad y su vida, todo estabaexplicado, hasta su tristeza
y sus remordimientos!... Afligida,aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para
pensar ni para llorarsiquiera, ignoré cuánto tiempo permanecí en aquel estado.
Cuando recobréla razón, mi huésped díjome que había estado enferma toda una
semana,pero que sus cuidados me habían vuelto la salud; me dijo también quehacía
dos días que la Corte había marchado a Madrid. Sin quererlo yomisma, hablé a todo el
mundo de la Reina, y todos me decían, con gransorpresa de mi parte, que la Reina era
la piedad y la virtudpersonificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar
el pesode la corona, y que no se ocupaba, imitándole a él, más que de laprosperidad
de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que sólo yoposeía, arriesgaba
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