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Carlos Broschi

»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logradollegar
hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Aloír este modo de
llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaronen la habitación. Carlos
acababa de salir, pero ellos vieron al Condetendido y bañado en su propia sangre.
Teobaldo le sostenía en susbrazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi
desvanecida.
»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aunellos
mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.
—»Vayan ustedes—dijo con voz desfallecida a los criados;—hagan veniral
aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante deellos...
[*]
Oficial municipal de Londres.
—»Sí—dijo Teobaldo:—ejecuten las órdenes del señor; pero—agregó enseguida,—
déjennos solos con él.
»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho dondehabía sido
acostado el moribundo.
—»¿Cuál es su propósito, señor Conde?—le preguntó con voz grave ysolemne.
—»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados laadúltera y sus
cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos detodo el mundo, los que me han
engañado y deshonrado sean a la vezdeshonrados con un castigo público y
deshonroso...
—»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?—
replicóTeobaldo con voz solemne.—¿Si ha acusado usted y herido al inocente; siha
legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?
—»En vano espera usted engañarme—dijo el moribundo.
—»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lechode muerte y
delante de Dios que me escucha.
—»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignosmagistrados...
Sí, hablaré.
«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores sepresentaron a la
puerta del aposento; los criados estaban a espaldas deéstos y llegaban hasta la
escalera.
—»¡Ah!—dije a Teobaldo:—¡Estoy perdida!
—»¡No, mientras yo viva!
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