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Carlos Broschi

»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendocontener
su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:
—»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme sumano... y su
amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.
»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.
—»He jurado a Teobaldo—me dijo,—no hablar a usted de mi amor ysostendré este
juramento. Pero había ofrecido también velar por usted,protegerla, dedicarle mi vida
entera, y cumplo esta promesa. Soy unamigo... un hermano... que nada pide para sí,
sólo desea ver a usted...porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no
tengo elsuficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.
»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa,elegía las
horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo,podía adivinar lo que
sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra,una mirada de amor; pero la intensa
emoción que le devoraba poníase demanifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía
con frecuencia quecomprendía sus sufrimientos y su abnegación.
»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después dealgunas
palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de loque Teobaldo me había
dicho, comprendí que en el instante en quedebíamos unirnos para siempre, un deber
imperioso, sagrado, un deberque yo no podía explicarme, le había separado de mí...
¡Volvía a mí, meamaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre,
estabaencadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, yentonces
todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tangrande, que apenas podía
hablar; y yo, más conmovida que él, procuraballevar la conversación a la época de
nuestra niñez, a los tiempos denuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por
una secretacuriosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.
—»¿Aquel hombre—decíale,—aquel extranjero que llegó la misma tardedel día en
que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fuela causa de su partida?
—»Sí—contestábame en tono sombrío:—él fue la causa de que mifelicidad futura
desapareciese... me fue necesario huir de usted... Midolor, mi desesperación... no han
encontrado consuelo, ni olvido mismales sano con el estudio, con el trabajo. El talento
que debo austed... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cualhasta
entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna...¡fortuna honrada, se lo
aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y noha dejado de ser hombre de bien; si
no lo fuese, no estaría en presenciade usted... no se atrevería a fijar los ojos en el
ángel que ama, queadora... No, no—repitió bajando la voz:—¡que reverencia, que
respeta,y que le han arrebatado para siempre!
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