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Carlos Broschi

ahogar; mientras que a lolejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal
dedespedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en laobscuridad. Largo
tiempo permanecí sobre cubierta obstinada endistinguirlo, y cuando ya no le vi...
—»Todo ha terminado para mí—dije.
»Y me creí sola en el mundo.
»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemosjunto a
nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio sehace aún más amargo si
nos vemos rodeados tan sólo de seresindiferentes. La desgracia es mucho mayor si no
amamos a los seres conquienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más
cruelcomparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el malhumor y
hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo meacusaba, hasta de la
miseria que no había conocido, y que en breve llegóa aumentar mis dolores.
»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendaciónalguna, no
teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos;nuestros bienes
confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguenustedes, pues, de mi situación,
cuando nos pidieron el precio de nuestroalojamiento, que las pocas alhajas que me
quedaban no bastaban parapagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente;
estábamos próximos aencontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de
Pópoliun paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor delduque de
Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinasque le debía hacía mucho
tiempo.
»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no teníamás que un
amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos enque estaba escrita la carta
en que se me enviaba la letra, al queocultaba una buena acción disfrazándola con el
reconocimiento.
»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña,cuyo modo
de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastantequebrantada. El Conde encargó a
un individuo que nos proporcionase unaresidencia modesta y conveniente, y se
presentó, por fortuna nuestra,una buena ocasión; estaba en venta una encantadora
posesión en losalrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con
gusto yelegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimospor un
precio módico.
»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modestahabitación, que yo
miraba con indiferencia en un principio, y con algode extrañeza más adelante, pues
encontré un gabinetito amueblado ydispuesto como tenía el mío en el castillo del
duque de Arcos. Allítenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores
predilectos, loslibros que más me complacía en leer, y que una mano generosa
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