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Carlos Broschi

—»Está visto; nuestro amigo no existe.
»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamossentarnos
los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras enforma de monumento
fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimosnombre alguno, ninguna
inscripción; y junto a esta tumba sin despojos,pero animada por nuestros recuerdos,
nos reuníamos todas las tardes parahablar de él, para rogar por él y pedir a la
Providencia que pusiese fina nuestro dolor y a su ausencia.
»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas,pero cuyo
corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio.Todos sus defectos
provenían de una educación descuidada. Un amor propioexcesivo y un orgullo sin
límites eran la consecuencia de su absolutaignorancia; y cuando, con una habilidad y
una paciencia infinitas,Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que
ignoraba, empezópor confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me
dediquéa moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura
nolograba desarmarle.
»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecíannuestros
vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía,seguramente, a la indiferencia.
Era demasiado desgraciada para ocuparmede ciertas pequeñeces.
»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillole apenaba
profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, ano verme sufrir tanto, se
hubiese retirado de nuestra morada desde hacíamucho tiempo. Sombrío y taciturno,
huía de toda distracción y aun delestudio; entregado a la religión, pasaba día y noche
al pie del altar.En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido
respetabasu virtud.
»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia alos señores
de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, dondetenían conferencias secretas. En
fin, con gran sorpresa mía, llegué aobservar que ya no se dedicaba solamente a la
caza. Con frecuencia medaba a traducir o escribir cartas para algunos señores de
Alemania;estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un
sentidodiferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.
»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesarde esto, en
algunos momentos violentábase para aparecer con un aspectotranquilo, y, en
ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas.Contra su costumbre, parecía
preocupado por una idea y semejábase a unhombre sumido en profundas
meditaciones. Hice notar mis observaciones aTeobaldo, que me trató de visionaria y
no quiso darme crédito.
»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.
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