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Carlos Broschi

—¡Ah!—exclamó Isabel con un suspiro;—no se le puede vituperar sumarcha,
porque era el mejor partido que podía tomar.
—¡Cómo! ¿Le amas por ventura?
—Sí... es decir, poco hasta aquí, porque mi sola pasión eres tú,¡hermana mía! bien
lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernandoes un noble joven, tiene un
excelente corazón... y creo que le amo.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana... ¡después que ha rehusado mi mano!
Isabel dijo esto con un aire de satisfacción que asombró a Juanita, lacual no se
podía dar cuenta de lo que pasaba.
Un momento después entró Fernando. Era un joven y hermoso caballero enla flor
de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevabacon mucha gracia una
capa de paño azul y una espada con empuñadura deoro ricamente cincelada. En sus
expresivos ojos reflejábase el valorespañol, templado por la gracia y el abandono de
la juventud. El duquede Carvajal, su padre, era uno de los primeros señores de la
provinciade Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministrode
Fernando VI, teníanle, hacía mucho tiempo, ausente de Madrid ypostergado en su
carrera política. No pudiendo ser hombre político,anhelaba ser rico, y la avaricia había
sucedido a la ambición. Unapasión consuela a otra. El duque soñaba para su hijo
único un matrimonioopulento, e Isabel parecía el mejor partido de Granada: a él,
porque lajoven era rica, y a Fernando, porque la amaba.
Isabel distaba mucho de ser tan bella como su hermana; las mujeres noquerían
concederle el que fuese linda, pero a una gracia encantadora,reunía una viva y
ardiente imaginación, impresionable y fácil deexaltar; cualidades o defectos que su
educación había desarrollado deuna manera notable, porque casi toda su vida había
transcurrido en unconvento. Y en el silencio de la soledad nacen las ilusiones y las
ideasfantásticas, que el mundo y la experiencia destruyen y disipan.
Como todas las jóvenes de aquel tiempo, pertenecientes a familiasilustres, Isabel
salió del claustro para casarse, y había acogido conalegría los homenajes de Fernando,
porque, habiéndole dicho éste quedescendía por su madre del Cid, pensaba que con tal
origen, la historiade su vida debía encerrar, forzosamente, algunas aventuras
interesantes.Pero cuando vio que el descendiente del Cid se limitaba a adorarla
contodo su corazón y a decírselo en alta voz, y a pedir su mano a suhermana con el
consentimiento de su padre, sus pensamientos románticosdisminuyeron
considerablemente. Cuando el matrimonio estuvo convenidopor ambas partes sin
obstáculos, la joven se imaginó que todo esto nohabía pasado regularmente y que la
historia de su vida no estabacompleta, que le habían cercenado el primero y más
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