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Carlos Broschi

»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación ypúseme a
orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, meencaminé hacia la capilla.
Teobaldo me había precedido.
—»¿Eres tú, Carlos?—pregunté.
—»No, hija mía—me contestó una voz temblorosa.
»Era Teobaldo.
»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, ycuando los
primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de lacapilla, Carlos no había
aparecido.
»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarseen el castillo.
V
»La ausencia de Carlos—prosiguió la Condesa,—su desapariciónmisteriosa e
imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima dealguna traición? ¿Nuestros
proyectos habían sido descubiertos? ¿Surival, celoso, había pagado asesinos que le
matasen? ¿La venganza y elpoder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad
y le habíanrecluido en alguna prisión de Estado?
»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquelmisterio;
toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimossaber. Por otra parte, lo
mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcosparecían ignorar el suceso; no tenían
la menor reserva para conTeobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por
mi resistencia,atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio
másbien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, habíaobtenido tres
meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegadoel plazo.
»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; peroera
necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fejurada... ¡Ay de mí! ¡no
hay poder divino ni humano que pueda cambiar eldestino! ¡Mi cabeza estaba
trastornada, mi corazón herido; sólo quedabami mano, y el duque de Arcos dispuso de
ella!
»¡Era ya condesa de Pópoli!
»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eternadesdicha, y
como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tíomurió al año de efectuarse mi
matrimonio, dejándonos todos sus bienes.Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna
nueva de Carlos. Si, comocreíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos
del duque deArcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció,
yTeobaldo me dijo, desesperado:
 
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