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Carlos Broschi

—No se sabe.
—¿Hablaba de su sobrina?
—Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedabasilenciosa,
como si temiese hacer traición a algún secreto.
A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener undato más, y
vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit,desde que se consideraba
separado de ella para siempre, su afecto haciala linda joven se había convertido en
amor, en una verdadera pasión.Esto era entonces el solo pensamiento, la única
ocupación de su vida.Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado
junto aella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño haciaél... ¡Y este
bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! Noconoció el valor que tenía
hasta que lo perdió para siempre. Recorríasin cesar todos los lugares en que la había
visto. No abandonaba unmomento la Opera.
Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gransentimiento supo que
había sido alquilado, durante su ausencia, por unseñor extranjero que no lo ocupaba.
Intentó volver a verlo, al menos, yel portero no tenía las llaves; las puertas y las
persianas de lahabitación estaban constantemente cerradas.
Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a suamor y a sus
penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo meinteresaba por él y
observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso.Desheredado por su tío, no
contaba con más fortuna que la de su madre,que ascendía, próximamente, a unas
quince mil libras de renta; y de estohabía consumido más de la mitad, primero en las
locuras que había hechopor Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado
paradescubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indiciomás
insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba eloro a manos
llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia,decíame constantemente:
—¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!
Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella;y yo, de la
necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pudedecidir a hacerlo; le era muy
sensible deshacerse de los bienes de sumadre, pero se imponía aquella venta. Debía
cerca de doscientos milfrancos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien
pronto elresto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaronanuncios en los
periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarsela subasta en mi estudio, recibí
de uno de mis colegas, una comunicaciónque me produjo tanto regocijo como
sorpresa. La suerte se había cansado,seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un
señor de Courval, hombrede reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre
por unaconsiderable suma, y deseaba devolverla. El capital y los interesesascendían a
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