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Carlos Broschi

—Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en elsuelo, y que es
una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:
A la señora Bonnivet, en Burdeos.
Tengo entendido que ella era de ese país.
—¿Y qué?
—Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregletodo en la
forma que mejor le plazca.
—¿Qué piensa usted hacer, pues?
—Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir suparadero...
—¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?
—¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!
En efecto, salió de París aquella misma noche.
Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de Los Hugonotes,y el notario
interrumpió su relato.
Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que elnarrador
continuara su historia.
V
La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourritpor la
ventana; el cuarto acto de Los Hugonotes concluía en medio deruidosos aplausos, y el
notario prosiguió su relato en esta forma:
—Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas,preguntando a
todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supodarle noticia alguna. Hasta
hizo poner anuncios en los periódicos. Lapobre mujer se hubiera muerto de alegría al
encontrar en ellos sunombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de
unacasita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos quehabía
solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.
—¿Y qué fue de su sobrina?
—No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, puesdisfrutaba de una
renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.
—¿De dónde procedía esa renta?
 
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