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Carlos Broschi

a Arturo, el cualrecibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer
denuevo la carta de Judit.
—La verá usted—me dijo;—quiero que coma usted hoy con ella.
—Pero estos papeles... este testamento...
—¿Y qué?—replicó, sonriendo;—eso ya no me concierne. Felizmente paramí, Judit
me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy aencontrar a su lado
mucho más de lo que he perdido.
Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.
—¡He aquí un joven verdaderamente singular—me dije,—a quien unaamante
consuela la pérdida de una herencia!
Y terminé mi inventario.
Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo comoun loco,
fuera de sí.
—¡Ya no está allí!—exclamaba,—¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La heperdido por
culpa mía!...
—¡Alguna infidelidad!...
—¿Quién se lo ha dicho a usted?—repuso vivamente, asiéndome por elcuello.
—¡Oh! no sé nada.
—Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mipartida, desde
hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tienenoticias de ella.
—¿Qué le han dicho sus compañeras?
—¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me asegurabacon la
mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención desuicidarse.
—¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se hapuesto de moda.
—¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de lacalle de
Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.
—¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir supista?
—El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.
—¿Y no ha encontrado usted nada?
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