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Carlos Broschi

—»Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde.
»La dificultad no estaba en el tiempo. Subí a mi aposento, y paséalgunas horas en
llorar y maldecir al margrave. La hora llegó, pues;dejé la carta sobre la mesa y bajé
más muerta que viva.
—»¿Has terminado?—me preguntó el Duque.
»Bajé la vista sin contestar, silencio que interpretó como una respuestaafirmativa;
después de comer me preguntó:
—»¿Dónde está esa carta?
—»Sobre mi mesa—repuse, encomendando mi alma a Dios.
»Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse latempestad, que no
acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo dehumillación, Teobaldo, que acababa
de llegar, entró en el salón. Mi tíole informó de lo que se trataba.
—»Hela aquí—dijo, tomando la carta, que Carlos tenía en la mano;—heaquí la
discípula de usted, que nos va a leer su traducción. Sígala conel original, y vea si está
bien.
»Había dos papeles; me entregó uno y dio el otro a mi profesor, cuyainquietud
igualaba a la mía. Teobaldo estaba turbado, pálido. Pero suadmiración fue tan grande
como la que yo experimenté, cuando fijó suvista en el papel que se me había
entregado; la carta del margraveestaba delante de mí legible, la entendía
perfectamente.
»Leí en voz alta; y Teobaldo, que atendía, entretanto, al original, nopudo detener
más de una vez sus exclamaciones, que mi tío tomaba pormuestras de aprobación. Por
mi parte, viéndome salvada, y noexplicándome este suceso sino por un milagro que
mi razón no acertaba acomprender, me preguntaba interiormente:
—»¿Qué ser caritativo, qué hada ha venido en mi auxilio y cuida de míde esta
manera?»
—Pero perdónenme, amigos míos, perdónenme—dijo la Condesa con vozdébil.—
Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido más delo que deseaba... y no
tengo fuerzas para continuar...
Su hermana, que ya había estado a punto de interrumpirla, le impusosilencio, y
alargando su mano a Fernando, le dijo, despidiéndole:
—Hasta mañana.
III
 
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