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Carlos Broschi

Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.
—¿Qué desea usted de mí?—acabó diciendo el Conde.
—Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero esebillete... puesto
que lo ha leído usted... si es que ha podidoleerle...
—Perfectamente, hija mía—contestó el Conde con una ligera sonrisa.
—¡Ah!—exclamó Judit, desesperada;—esa desgraciada carta le prueba quesoy una
pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza desu ignorancia y que
daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómohe de lograrlo, si usted no viene en
mi auxilio, si no me ayuda con susconsejos y su apoyo?
—¿Qué quiere usted decir?
—Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho
suslecciones... trabajaré tanto de día como de noche.
—¿También de noche?
—Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.
—¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?
—¿Por qué?—dijo Judit ruborizándose;—porque hay una idea que meatormenta
constantemente.
—¿Qué idea es esa?
—La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me consideraindigna de
usted... Y tiene razón—prosiguió vivamente;—yo me veo talcomo soy, me conozco...
y quisiera, si esto fuera posible, no volver atener por qué sonrojarme a los ojos de
usted y a los míos.
El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:
—La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.
Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia yde geografía. Era
digno de ver el ardor con que estudiaba; y suinteligencia, sus facultades naturales, que
sólo necesitaban sercultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.
Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma.Constituía su
más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido detodas sus penas. No volvió a la
sala de baile ni a los ensayos; dabalugar a que le impusieran multas por permanecer
en su casa trabajando; ysus compañeras decían:
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