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Carlos Broschi

visto, había pasado allí todala noche... Los caballos piafaban en las piedras,
aguijoneados por laimpaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el
pescante...
—Ustedes dispensarán, señores—dijo el notario interrumpiendo sunarración;—pero
el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasajede la ópera, pues para eso me
he abonado...
Continuaré en el otro entreacto.
III
Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y viotambién a la
puerta el carruaje del Conde.
No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con quépropósito?
Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubieseatrevido a preguntárselo. Por
otra parte, no le veía casi nunca, a noser por la noche, los días de ópera, en un palco
segundo de frente a laescena, al que estaba abonado durante todo el año. No había
vuelto aentrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaríapara
verle?... ¿Qué hacer?...
Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de unapostergación.
Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por elcontrario, muy
alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó unmotivo para escribir al Conde,
diciéndole que necesitaba pedirle unfavor y rogábale tuviese a bien pasarse por su
casa. Esta carta no erafácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un
día: laempezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose deellos los
bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, queno faltó quien recogiera,
porque por la noche, en el teatro, oyó aalgunos jóvenes autores y abonados de la
orquesta bromear y reírse deuna carta que acababan de encontrar y que circulaba de
mano en mano.Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus
comentariossatíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyoautor
no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en unperiódico, como
modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro debaile.
¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner enridículo, sino a
la idea de que también el Conde se burlaría tal vez alleer su carta, que en aquel
momento hubiera dado toda su sangre por nohaber escrito! De aquí que se sintiese
más muerta que viva al díasiguiente cuando entró Arturo en su gabinete.
—Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas herecibido la carta
de usted.
 
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